Amena e interesante tertulia sobre  “La poesía de Unamuno” que tuvo lugar en la Biblioteca de la Casa de las Conchas. Fue moderada por Luis Gutiérrez, Secretario de Amigos de Unamuno.

Ver texto introductorio

El aniversario de boda de Unamuno y Concha es buen momento para hablar sobre la poesía de Unamuno, recordando que el 29 de junio de 1935, hablaba don Miguel en la revista Caras y Caretas sobre lo más profundo, estimado y meritorio de su obra literaria, comentando una anécdota ocasional, de capital importancia para estimar su poesía: “No hace mucho, - escribía Unamuno - uno que me aseguraba conocer mi obra toda, agregaba: “Lo que no sabía es que ha hecho usted también poesías”. Y yo a él: “No, señor, he hecho también todo lo demás”“.

A su discípulo-amigo Federico Onís le dijo por carta el 12 de diciembre de 1910: “Yo no he sido nunca más que un poeta; es decir, nada menos que un poeta”, cuando algunos se empeñaban en calificarlo de sabio, filósofo, pensador o político.

Afirmaciones del Unamuno que hablan elocuentemente de lo que para él representaba su obra lírica, hasta el punto de declarar que no hacía nada con más cariño y gusto que escribir poesía, lo más suyo, deseando ser recordado tras su muerte como poeta: “Al morir quisiera, ya que tengo alguna ambición, que dijesen de mí: ¡fue todo un poeta!”.

“Yo soy, ante todo y sobre todo, un espíritu ilógico e inconcreto. No busco ni pruebas ni precisión en nada. Y lo que hago con más gusto es la poesía”.

Con breves apuntes juveniles, es en los tardíos cuarenta años cuando Unamuno nos descubre que la poesía es sublime forma de sentir el pensamiento al tiempo que piensa el sentimiento, porque el poeta y el filósofo son hermanos gemelos que se complementan y funden en uno. Cada pensador oculta un poeta y cada poeta lo es por el pensador que lleva dentro. Y si el filósofo se ocupa de hacer trivial lo sublime, el poeta hace sublime lo trivial.

         Para Unamuno, la poesía no puede ser aprehendida por carecer de término, límite o frontera. No sabe de raza, religión, lengua o patria, pues, como hija de la sensación, la imaginación y el sentimiento, es universal patrimonio de todos. Oficio es de la poesía descubrirnos el mundo cotidiano que, día a día, olvidamos, y situarnos a todos frente a la muerte y la inmortalidad, grandes misterios. Es la poesía virtud,  amor, piedad, afecto, infortunio inmerecido..., y todo cuanto hay de sagrado en la tierra. Por ello, no encuentra Unamuno poesía, -esto es, acción y creación-, donde no hay pasión, donde no hay cuerpo y carne de dolor humano que sufre o se complace; donde no hay lágrimas de sangre o dicha. Por ello, alma, calor y vida sostienen los versos de un poeta.

         Tradicionalmente no se ha tenido en cuenta la creación poética de Unamuno, eclipsada por sus novelas, ensayos, obra filosófica y dramaturgia, llegando a ser considerada su obra lírica como una debilidad del filósofo agónico, atormentado por el gran misterio,  como una pose o exhibición pública de quien vivía alejado de una realidad cotidiana a la que nunca fue ajeno. Osadía y atrevimiento de quien se alojaba en una fría torre de marfil para evitar contaminaciones humanas. ¿Sensible un filósofo frío y cerebral? ¡Imposible!, afirmaban los escépticos y desconfiados. Pero nada más lejos de la realidad. No puede hablarse de frialdad intelectual y distanciamiento humano en persona que ama, sufre, disfruta y siente cada día con los demás, ante los demás, por los demás, y para los demás. En quien lucha agónicamente por encontrar una verdad que a todos ayude y consuele.  En quien muestra abiertamente su desnudez espiritual y derrama su vida en las páginas con sinceridad desconocida. En un padre que tuvo nueve hijos de la sangre y miles del espíritu. En un abuelo singular y amigo leal. No hay desafecto en quien graba con fuego eterno llamaradas poéticas pensadas y sentidas, por vivos sentimientos y pensamientos nobles.

         Creador de ideas y pensamiento, inició su andadura poética dejando a un lado el ritmo y la rima, llegando a opinar que la rima obligaba a decir cosas redundantes o retorcidas, tratándose de un bárbaro artificio medieval. Pero sus críticas pronto se silenciaron, llegando a ser uno de los mejores sonetistas en lengua castellana que ha dado la historia literaria, haciendo del soneto su gran respiradero de pasiones y una óptima sangría para evitar congestiones cerebrales. Así, el estorbo inicial de la rima, sometida sin reparo a la libertad métrica, lejos de modernismos y grilletes, dio paso a una obra lírica hermanadora de todas las formas, llegando a ser el gran sonetista que fue, hasta cerrar toda su obra literaria con un soneto el día 28 de diciembre de 1936.

         Armonizados en su pluma el verso libre y la rima, alumbra endecasílabos blancos y composiciones asonantadas entremezcladas con sólidas rimas consonantes, llegando al último de sus poemarios donde conviven todas las formas: versos libres y rimados; inmoderación y medida; sonetos y romancillos; metros largos y cortos; argumentos ideales y domésticos; queriendo mostrar el resumen de una vida en su póstumo diario poético.

         No siega don Miguel ni un solo verso de su obra, ni expurga el más torpe verso que sale de su pluma. No recorta estrofas ni selecciona contenidos, ni elimina de su obra poesía alguna. La vierte toda sin mutilaciones. Íntegra, según del corazón le brota. En su obra literaria está todo lo escrito por él. Lo bueno, lo malo y lo regular. A todo hijo que nace de su alma le da cabida en las páginas de sus libros. No hay predilecciones ni escamoteos porque todas las poesías nacen de un espíritu sincero, no de un esteta. Él mismo lo dijo en varias ocasiones, una de ellas con relación a las poesías de su Cancionero: “¿Por qué no las cierno y selecciono y dejo las unas para no publicar luego sino las otras? ¿Y cuáles sí y cuáles no? Todas, buenas y malas; mejores y peores. Todas, sí, pues son miembros de un solo cuerpo al que no me cabe cercenar ni mochar; todas. Las buenas abonarán a las malas, y las malas no malearán a las buenas. Unas y otras, y todas, se completarán y se conllevarán. Quede, pues, todo.”

         Unamuno entendía la poesía como un medio para expresar las inquietudes del espíritu. Por ello, sustentan su creación lírica los grandes temas que descansan en el resto de su obra: la angustia espiritual, conflicto religioso, el dolor por el silencio de Dios, la levedad del tiempo, la muerte, el temor a la nada y el retorno a la vida. A estas inquietudes se añaden: paisajes, viajes, añoranzas, vida doméstica, recuerdos infantiles, amor, amistad, anécdotas, España y el compromiso político.      Este hombre agónico en su búsqueda de la verdad afirma que sólo es poeta quien siente lo vivo concreto que respira. Aquel a quien le sale el alma de la costra, rezumándole el alma. Por eso todos nosotros, cuando el alma en horas de congoja o de deleite nos rezuma, nos hacemos poetas. El que sabe gozar de la obra del poeta, es a su vez poeta por saber gozarla.

         A partir de su primer libro poético en 1907, la actividad lírica de don Miguel se convierte en tarea diaria y eje principal de creación literaria, como pone de manifiesto la composición de miles de poesías desde ese año hasta el 28 de diciembre de 1936 en que escribe su último soneto, recogidas todas ellas en siete libros de versos y otros textos complementarios, donde vuelca la honda intimidad de su vida cotidiana, convirtiendo en diario poético los aconteceres de su historia personal, al poner en verso la intimidad sobre descarnadas estrofas, pues en nada puso tanto cariño como en sus poesías.

         En cada poema detiene el tiempo y acota el marco en los versos como si de un autorretrato se tratara, todos ellos hijos predilectos de su alma. Su extensa su obra poética es un largo dietario vital, un resumen de duradera vida envuelta en agónica existencia, donde podemos ver las obstinaciones, empeños, alegrías, dudas, afinidades, sentimientos, y hasta lágrimas, de este gran sentidor y poeta.

 

OBRA POÉTICA: “Poesías” (1907); “Rosario de sonetos líricos” (1911); “El Cristo de Velázquez” (1920); “Rimas de dentro” (1923); “Teresa” (1924); “De Fuerteventura a París” (1925); “Romancero del destierro” (1927); “Cancionero” (1953).

                                                                           Francisco Blanco Prieto

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